

La semana pasada señalábamos cómo la apertura de sesiones del Congreso Nacional había quedado marcada por un tono de confrontación permanente. Un discurso presidencial cargado de agravios, descalificaciones y una lógica binaria que divide a la política entre enemigos y aliados.
No es un detalle menor. El tono de quien conduce un país marca clima, marca estilo y, sobre todo, marca límites.
Por eso resulta inevitable comparar ese escenario con lo que ocurrió en nuestra ciudad durante la apertura de sesiones del Concejo Deliberante de General Alvarado. Allí, el intendente Sebastián Ianantuony eligió otro camino. Un camino que no niega las dificultades —todo lo contrario— pero que entiende que gobernar es algo más que señalar culpables.
Ianantuony no ocultó la realidad. Habló de las dificultades económicas que atraviesan los municipios producto de las políticas nacionales, del impacto que tienen en la gestión cotidiana y de los desafíos que eso implica para sostener servicios, obras y programas.
Pero eligió hacerlo desde otro lugar.
Mientras desde lo más alto del poder nacional se instala la agresión como método, en el plano local se apeló a la responsabilidad institucional. Donde otros ven enemigos, se habló de vecinos. Donde algunos proponen trincheras, se habló de gestión.
En un momento particularmente significativo, el intendente recordó que este año se cumplen 50 años del golpe militar de 1976 y volvió a poner en valor una idea simple pero poderosa: la democracia como herramienta colectiva.
Ese espíritu que alguna vez sintetizó Raúl Alfonsín en una frase que quedó grabada en la memoria política de los argentinos: con la democracia se come, con la democracia se educa y con la democracia se cura.
No es una idea nostalgica. Es una advertencia.
Porque cuando la política se transforma en un campo de insultos permanentes, cuando se degrada al adversario y cuando el poder se ejerce desde la provocación constante, lo que se erosiona no es sólo la convivencia: se erosiona la democracia misma.
La Argentina tiene problemas enormes. Nadie lo discute. Pero hay dos formas de enfrentarlos: alimentar el conflicto o fortalecer las instituciones.
La comparación entre ambos discursos deja dos enseñanzas claras. La primera que, mientras algunos entienden el poder como una plataforma para agredir, otros lo ejercen como una responsabilidad para gobernar y la segunda, el cambio se verá de abajo hacia arriba. desde las bases a la cúspide, desde lo local donde el contacto con la gente es asiduo, a lo nacional dónde muchas cosas se resuelven desde la frialdad de un despacho.
En tiempos donde el grito parece dominar la escena pública, recordar que la democracia es diálogo, gestión y respeto no es un gesto ingenuo.
Es, simplemente, una obligación.


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