
El peronismo necesita reconstruirse.
Necesita unidad.
Necesita organización.
Pero también necesita memoria.
Porque hay personajes de la vieja política que aparecen una y otra vez reciclándose según el viento de época, siempre cerca del poder, siempre encontrando la manera de acomodarse sin importar las circunstancias históricas, ideológicas o humanas.
Los conocemos demasiado.
Vivieron décadas enteras del Estado.
Ellos sobreviven bien todos los gobiernos.
Operaron para unos y para otros dentro del peronismo.
Y hoy vuelven a sonar la cabeza en nuestra ciudad intentando presentarse como conductores naturales de una militancia que jamás construyeron.
Muchos llegan desde Buenos Aires casi como quien viene a retirarse políticamente al interior buscando una representación que ya no pueden sostener en otros lados.
Pero lo más grave no es eso.
Lo más grave es el oportunismo obsceno con el que intentan apropiarse de procesos políticos que antes combatieron y que menos que menos, construyeron, son como las langostas, se comen la cosecha que otros sembraron.
Porque varios, en las “anteriores” operaron contra Axel Kicillof, cuestionándolo, subestimándolo y jugando políticamente para otros sectores del peronismo cuando el escenario era distinto.
Hoy, cuando Axel representa uno de los principales liderazgos opositores al modelo de ajuste de Javier Milei, aparecen mágicamente convertidos en sus representantes territoriales.
No por convicción.
Por supervivencia.
Porque esa es la especialidad de cierta vieja política: acomodarse siempre. Cambiar de discurso sin cambiar de lógica. Hablar de renovación mientras usan las mismas prácticas agotadas de hace décadas.
Y en ese proceso vuelven a hacer lo mismo de siempre: aprovecharse de la militancia genuina y de los jóvenes.
Usan su energía.
Usan su pasión.
Usan sus ganas de transformar la realidad.
Los convierten en fuerza de campaña, en tropa electoral o en escalera para proyectos personales que no tienen nada de colectivos.
Y mientras tanto, intentan bajar línea sobre ciudades que no conocen realmente, comunidades donde jamás construyeron pertenencia y realidades que observan como simples piezas de un armado político.
Las ciudades del interior tienen identidad propia.
Tienen historia.
Tienen militancia real.
No necesitan gerentes políticos “caídos” desde Capital Federal para explicarles cómo deben organizarse.
Porque la conducción verdadera no nace de una lapicera ni de una foto con dirigentes nacionales.
Nace de la legitimidad.
De caminar los mismos lugares durante años.
De sostener convicciones incluso cuando no conviene.
Y de no aparecer solamente cuando hay cargos para repartir.
Hay una generación joven que quiere militar, participar y construir futuro.
Y merece algo mejor que terminar siendo utilizada por dirigentes profesionales que llevan décadas sobreviviendo dentro del Estado mientras cambian de discurso, de auto, de casa… según la conveniencia del momento.
El peronismo necesita unidad, sí.
Pero unidad con memoria.
Con identidad.
Y sin volver a entregar la conducción a los eternos sobrevivientes del poder.
— El Zorzal











