
Hay dolores que no prescriben.
Hay fechas que no se discuten.
Hay heridas que no se cierran: se honran.
El 24 de marzo de 1976 no es pasado. Es presencia.
Es la ausencia de miles. Es el silencio que todavía grita. Es el recuerdo de un país que fue arrancado de sí mismo.
A 50 años del golpe, no alcanza con recordar. Hay que sentir.
Sentir que detrás de cada desaparecido hubo una madre que esperó, un hijo que creció sin respuestas, una historia que fue interrumpida.
Sentir que el terrorismo de Estado no fue un exceso, fue un plan. Un proyecto de país sin pueblo, sin derechos, sin justicia.
Pero si esa noche fue oscura, la historia argentina también supo encender luces.
Y ahí aparece la democracia.
Aparece con la voz firme de Raúl Alfonsín diciendo algo que parecía imposible después del horror:
que con la democracia se come, se educa y se cura.
No era una frase. Era una promesa.
Era la decisión colectiva de no volver nunca más a la violencia como método político.
Y años después, cuando muchos creían que esa memoria podía diluirse, hubo otro gesto que volvió a marcar el rumbo.
Un presidente bajando cuadros.
Un Estado pidiendo perdón.
Un país mirando de frente su historia.
Ahí estuvo Néstor Kirchner, recordándonos que la memoria no es un ejercicio del pasado: es una decisión del presente.
Que no hay futuro posible si se negocia con el olvido.
Hoy, a 50 años, la democracia vuelve a ser interpelada.
No con tanques en la calle, pero sí con discursos que banalizan el horror.
No con desapariciones, pero sí con el desprecio por el otro.
No con dictadura, pero sí con el riesgo de olvidar por qué dijimos Nunca Más.
La democracia no se rompe de un día para otro.
Se desgasta. Se erosiona. Se lastima cuando el odio reemplaza al debate, cuando la violencia se vuelve lenguaje, cuando el otro deja de ser adversario para convertirse en enemigo.
Por eso este 24 de marzo no es solo memoria.
Es compromiso.
Compromiso con los que no están.
Con las Madres, con las Abuelas, con cada lucha que sostuvo la verdad cuando todo invitaba al silencio.
Pero también compromiso con los que están.
Con los pibes, con los laburantes, con cada argentino que necesita que la democracia no sea solo una palabra, sino una realidad concreta.
Porque la democracia no es perfecta.
Pero es el único camino donde el pueblo puede decidir su destino sin miedo.
A 50 años del golpe, no hay lugar para la indiferencia.
La memoria no se negocia.
La democracia no se relativiza.
Y el Nunca Más no se discute.
Se defiende. Todos los días.






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