La moral selectiva del poder

Por El Zorzal
Política Hace 1 díaLa OlaLa Ola

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Hay algo más frágil que la economía.

Más volátil que el dólar.

Más peligroso que cualquier crisis.

La credibilidad.

El gobierno nacional llegó al poder con una bandera clara: terminar con la corrupción, barrer con los privilegios, dinamitar lo que llamaron “la casta”. Un discurso potente, directo, casi épico, que encontró eco en una sociedad cansada de abusos.

Pero el problema no es lo que se dice.

El problema es lo que se hace.

Y ahí aparece el caso de Manuel Adorni.

Viajes en aviones oficiales con familiares, vuelos privados, propiedades que generan dudas, investigaciones judiciales y cuestionamientos públicos.

Todo acompañado de una defensa repetida como un mantra: “no tengo nada que esconder”.

Pero no alcanza con decirlo.

En política, la transparencia no se declama: se demuestra.

Lo más llamativo no es solo la acumulación de episodios. Es la reacción del gobierno.

Un gobierno que se presenta como implacable frente a la corrupción, pero que frente a los cuestionamientos propios responde con silencio, relativización o el recurso de denunciar “operaciones”.

Ahí es donde aparece la contradicción.

Porque la vara moral no puede ser un arma para atacar al adversario y un escudo para proteger a los propios.

No se puede construir legitimidad política denunciando la “casta” mientras se reproducen prácticas que la sociedad ya conoce demasiado bien.

No se puede pedir sacrificios mientras se justifican privilegios.

No se puede hablar de una nueva Argentina con las viejas mañas de siempre.

La discusión es política.

Es sobre la distancia entre el discurso y la realidad.

Entre la épica y los hechos.

Entre lo que se prometió y lo que finalmente se hace.

Porque cuando esa distancia se vuelve evidente, lo que se rompe no es solo un relato.

Se rompe la confianza.

Y cuando la confianza se pierde, no hay relato que la recupere. 

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