
Hay decisiones que en el momento parecen audaces.
Hay otras que son criticadas, cuestionadas y hasta demonizadas.
Y hay algunas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en verdades históricas.
El fallo de la justicia estadounidense que revierte la condena multimillonaria contra la Argentina por la expropiación de YPF no es solo una buena noticia económica. Es, sobre todo, una reivindicación política.
Durante años se construyó un relato: que la recuperación de YPF había sido un error, una improvisación, una 'locura ideológica' que iba a costarle miles de millones al país. Se repitió hasta el cansancio que esa decisión había sido irresponsable.
Hoy, la realidad dice otra cosa.
La justicia norteamericana acaba de reconocer lo que desde el primer día sostuvo la Argentina: que la expropiación fue un acto soberano, regido por la ley nacional, y no un contrato comercial susceptible de ser litigado como pretendían los fondos especulativos.
Es decir: no había incumplimiento. Había decisión política.
Y esa decisión política tuvo nombres.
Tuvo a Cristina Fernández de Kirchner, que en 2012 tomó la determinación de recuperar el control de un recurso estratégico, en un contexto donde la producción caía y la soberanía energética estaba en manos extranjeras.
Y tuvo a Axel Kicillof, que defendió esa medida en el Congreso y ante el mundo, enfrentando presiones internas y externas, mediáticas y económicas.
No fue una decisión cómoda.
Fue una decisión necesaria.
Porque no se trataba solo de una empresa. Se trataba de definir si la Argentina podía decidir sobre sus recursos o debía resignarse a ser espectadora de su propio destino.
Durante más de una década, los llamados 'fondos buitre' intentaron transformar esa decisión soberana en un negocio judicial multimillonario. Apostaron a que la Argentina cediera. Apostaron a que la política se arrodillara.
Perdieron.
Y no perdieron por casualidad. Perdieron porque había un argumento jurídico sólido, pero sobre todo porque había una decisión política firme que sostuvo una estrategia a lo largo de distintos gobiernos.
Lo que hoy algunos celebran como un triunfo propio, en realidad es el resultado de una coherencia que viene de lejos.
Es el triunfo de una idea: que el Estado puede y debe intervenir cuando están en juego intereses estratégicos.
Es el triunfo de la soberanía sobre la especulación.
Es el triunfo de la política cuando se anima a decidir.
YPF no fue un error.
Fue una apuesta.


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