El Presidente que vino a gobernar contra medio país

Por El Zorzal
Política 08 de marzo de 2026La OlaLa Ola

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 La apertura de sesiones no fue un mensaje institucional. Fue un acto de guerra política.

El Presidente no habló como jefe de Estado. Habló como jefe de facción. Eligió el grito en lugar del argumento, la descalificación en lugar del acuerdo y la provocación en lugar de la construcción.

En vez de convocar a un Congreso fragmentado a debatir soluciones, decidió señalar enemigos. En vez de tender puentes en un país exhausto, prefirió dinamitar los pocos que quedan en pie.

La escena fue clara: un mandatario cómodo en la confrontación permanente, convencido de que dividir es gobernar y de que humillar al adversario fortalece el liderazgo. Es una estrategia que puede servir para redes sociales. Pero no para sostener un país.

Porque gobernar no es mantener excitada a una tribuna. Gobernar es resolver problemas. Y los problemas no se resuelven gritándole al Congreso ni convirtiendo cada diferencia política en una batalla cultural.

El discurso tuvo anuncios, sí. Reformas, cambios estructurales, promesas de transformación profunda. Pero lo que dominó fue el tono: agresivo, excluyente, beligerante. Una narrativa que reduce la política a una guerra moral entre 'los puros' y 'los corruptos', como si la Argentina fuera un campo de combate permanente.

Esa lógica puede servir para consolidar un núcleo duro. Pero tiene un costo institucional enorme. Porque cuando el Presidente instala que la mitad del arco político es enemiga de la Nación, el sistema democrático se debilita.

No se trata de suavizar ideas ni de pedir tibieza. Se trata de entender que un país no se conduce a los gritos. Que la autoridad no se impone por intimidación discursiva. Que la democracia exige tensión, pero también reglas y respeto.

Argentina no está para shows. Está para soluciones.

Si la estrategia oficial es gobernar sobre la base del enfrentamiento constante, el riesgo es claro: una democracia cada vez más crispada, un Congreso cada vez más bloqueado y una sociedad cada vez más fracturada.

La apertura de sesiones debería haber sido un punto de partida para construir gobernabilidad. Fue, en cambio, la confirmación de que el conflicto no es una consecuencia del rumbo: es el método.

Y cuando el conflicto se convierte en método, el país deja de ser una comunidad política para convertirse en un campo de batalla.

La historia argentina ya sabe cómo terminan esos experimentos.

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