La basura en la puerta y el odio como método

El Zorzal
Política 15 de febrero de 2026La OlaLa Ola
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Hay algo que empieza a preocupar más que cualquier problema puntual de gestión: el clima. El tono. La decisión deliberada de algunos sectores de transformar cada situación en un hecho de confrontación permanente

Hubo demoras en la recolección de residuos, corresponde reclamar. Exigir. Pedir explicaciones. Eso es legítimo. Lo que no es legítimo es convertir un reclamo en una escena armada para la provocación: bolsas de basura arrojadas frente al municipio en un día inhábil, sin buscar solución, pero sí buscando impacto. No es ciudadanía activa. Es política del espectáculo.

Hay quienes ya no discuten políticas públicas: producen contenido. No gestionan propuestas: generan escándalos. Confunden oposición con hostigamiento y creen que embarrar la cancha les da centralidad.

Pero el problema no termina ahí.

Nuestra ciudad vivió un hecho histórico con la primera marcha del orgullo LGBT+. Un paso hacia una comunidad más plural, más visible y más democrática. Sin embargo, lo que debería haber sido celebrado como un avance en derechos fue atacado con comentarios cargados de odio, discursos retrógrados y expresiones abiertamente fascistas en redes sociales.

No es casualidad. Cuando desde ciertos espacios se naturaliza la agresión, cuando se construye discurso político sobre la descalificación constante, cuando se instala la lógica del “todo vale”, el resultado es este: una comunidad tensionada, fragmentada, enojada.

La violencia no empieza cuando alguien tira una piedra. Empieza cuando se legitima el desprecio como herramienta política.

Se puede ser oposición sin ser irresponsable. Se puede reclamar sin degradar. Se puede disentir sin odiar. Lo que no se puede es instalar un clima donde todo se convierte en escándalo y cada diferencia es tratada como una guerra cultural.

Algunos concejales y ex dirigentes que ya ni siquiera tienen representación institucional parecen haber elegido el camino más fácil: videos, provocaciones y piedras discursivas. Pero gobernar —y convivir— exige algo más que eso.

La democracia necesita debate fuerte, sí. Pero también necesita límites. Porque cuando la política se convierte en show y el odio en combustible, el daño no lo sufre un gobierno de turno: lo sufre la comunidad entera.

Es momento de bajar un cambio. De discutir con firmeza, pero con responsabilidad. De entender que el adversario político no es un enemigo y que la diversidad no es una amenaza.

Si no somos capaces de recuperar el respeto como base mínima, no habrá gestión que alcance ni reclamo que se escuche. Solo quedará ruido.

Y el ruido nunca construyó nada.

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