

Hay dirigentes que hacen política desde las convicciones. Y hay otros que la hacen desde la conveniencia.
La reciente designación del ex concejal y eterno aspirante a intendente —hoy reciclado como “influencer político”— en una dirección del Ministerio del Interior no es un dato menor. No por el cargo en sí, sino por lo que representa. Porque confirma algo que muchos intuían: detrás del discurso altisonante, lo que siempre hubo fue una búsqueda desesperada de posicionamiento personal.
Resulta llamativo que quien construyó su perfil a fuerza de críticas contra “la casta”, ahora pase a integrar la estructura estatal de un ministerio conducido por Diego Santilli, dirigente que supo transitar el peronismo y luego reconfigurarse dentro del armado opositor. La política argentina tiene estas vueltas, es cierto. Pero cuando las vueltas siempre terminan en un despacho, ya no hablamos de evolución: hablamos de oportunismo.
Durante años, el libreto fue el mismo: videos, denuncias grandilocuentes, ataques sistemáticos, pose antisistema. Siempre señalando al resto como parte de un engranaje oscuro. Siempre ubicándose en el lugar del “distinto”. Pero al final del camino, el destino no fue la transformación profunda ni la construcción colectiva: fue un cargo.
Y ahí se cae la máscara.
Porque la verdadera casta no es una categoría partidaria. Es una práctica. Es decir una cosa y hacer otra. Es declamar pureza mientras se negocia un nombramiento. Es hablar de renovación mientras se busca, incansablemente, un lugar en la estructura que se criticaba.
No se trata de cuestionar el derecho de nadie a ocupar funciones públicas. Se trata de señalar la coherencia —o la falta de ella— entre lo que se dice y lo que se hace.
Cuando la política se convierte en una carrera por el próximo cargo, las ideas pasan a segundo plano. Y cuando el objetivo central es “estar”, sin importar dónde ni con quién, lo que queda en evidencia no es estrategia: es ambición desnuda.
Tal vez el problema no sea que haya aceptado el cargo. Tal vez el problema sea que, después de tanto discurso incendiario contra “los de siempre”, terminó siendo exactamente eso.
Uno más.
Y en política, cuando el relato se cae, lo que queda es la realidad.













