

El peronismo de la provincia de Buenos Aires atraviesa, una vez más, una discusión interna. No sería novedad ni problema si no fuera porque el contexto exige algo más que mirarse el ombligo. Las internas existen, son parte de la vida política y de la democracia partidaria. El problema aparece cuando se transforman en un pantano del que nadie quiere salir.
La disputa debe ser rápida, clara y ordenada. No por capricho, sino por necesidad histórica. La provincia de Buenos Aires no puede darse el lujo de un peronismo distraído, fragmentado o consumido por egos mientras la derecha avanza, se reorganiza y se prepara para quedarse con todo.
Si hay unidad, mejor. Si hay dos listas, también. Si hay tres, no pasa nada. Lo que no puede fallar es la regla básica del movimiento: el que gana conduce y el que pierde acompaña. Sin rencores, sin operaciones posteriores y sin pases de factura. Y, sobre todo, lo más rápido posible, porque el tiempo que se pierde en la interna es tiempo que se le regala a la derecha.
Discutir conducción, estrategia y síntesis política es sano. Estirarlo en el tiempo, convertirlo en una guerra de posicionamientos personales o en una pelea de tribus, es directamente irresponsable. La gente no está esperando ver quién gana una pulseada interna; está esperando respuestas, liderazgo y horizonte.
El 2027 no es una abstracción lejana. Se empieza a disputar ahora. Y se disputa con unidad en la diversidad, con una conducción legitimada y con un proyecto político que vuelva a enamorar, no solo a la militancia sino también a los que hoy miran al peronismo con dudas, cansancio o desencanto.
La interna tiene que cumplir una sola función: ordenar para salir a jugar fuerte. Resolver rápido, cerrar filas y ponerse a laburar. Todo lo demás es ruido. Y el ruido solo favorece a los que quieren una provincia sin Estado, sin derechos y sin memoria.
El peronismo bonaerense tiene historia, territorio, militancia y gestión. Lo que no puede perder es tiempo. Porque cuando el peronismo se demora en discutir entre sí, la derecha avanza sin pedir permiso.
La discusión interna pasa. La responsabilidad histórica queda.
Y el 2027 nos está mirando.


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