

Hay quienes creen que el peronismo es una foto, un escenario, un aplauso de ocasión. Pero el peronismo no es un souvenir político: es una historia escrita con el sudor del pueblo, con la sangre de los leales y con la traición de algunos que, aunque se disfracen de compañeros, en el fondo siempre jugaron para sí mismos.
Por eso, indigna —y no poco— ver reaparecer en un espacio que se dice mayoritariamente peronista, justo en el Día de la Lealtad, a ese profesor que llegó al Concejo Deliberante gracias a la militancia de base, al trabajo de los humildes, a los que caminan los barrios, a los que hacen peronismo todos los días sin esperar nada a cambio.
Hay que recordar que, cuando tuvo el poder en la mano, rompió el bloque, se armó un sello personal y se olvidó de quién lo había puesto ahí. Cuando el pueblo más necesitaba unidad, él eligió la vanidad.
Ahora vuelve, micrófono en mano, hablando de compromiso, de ética, de pensamiento crítico. Pero el pueblo tiene memoria. No se puede hablar de lealtad cuando se le dio la espalda al movimiento. No se puede citar a Perón desde el ego. No sé puede volver dónde nunca se estuvo: el peronismo.
El peronismo es una causa colectiva, no una cátedra de filosofía para el lucimiento personal. Los que se fueron cuando había que resistir, los que jugaron a ser independientes mientras el pueblo militaba y sufría, no pueden venir a darnos lecciones de coherencia.
El 17 de octubre no es una fecha para figurones ni para arrepentidos de ocasión. Es el día de los leales, de los que nunca se borraron, de los que siguen creyendo que la política es con el pueblo o no es.
Y si alguno vuelve hoy a posar de peronista, bienvenido sea si viene a sumar. Pero que sepa que acá no se olvida: la lealtad no se recita en una charla, se demuestra en la calle, en la lucha y con el pueblo al lado.


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